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Un texto la raja que pille por ahí…

Mi expresión desencajada, la nausea que me sobrecoge como una marea negra, el fuego que arde en mis pulmones y en mis músculos, el corazón palpitando contra mi pecho con la desesperada fuerza de la bestia que quiere escapar de su jaula, mi visión borrosa y desenfocada como si hubiera bebido unas copas de más. Aquí estoy una vez más en la zona del dolor, en el reino del esfuerzo máximo, en el altar del supremo sacrificio ciclista, en ese estado, ese lugar que levanta en mí intensas sensaciones de temor y respeto pero al que, sin embargo, acudo una y otra vez inexorablemente atraído por algo intangible que escapa toda lógica. ¿Por qué? me pregunto yo, ¿por qué siento ésta llamada, esta periódica inclinación al sufrimiento, a subir cuestas del 15 % con el plato mediano en lugar del pequeño, a apretar los dientes en lugar de oler las flores y a entablar batallas encarnizadas con los colegas en vez de entablar conversaciones sobre temas intranscendentes e inocuos como el estado tiempo o el diámetro de los neumáticos?.
El ciclismo es muchas cosas, es diversión pueril, es enajenación paisajística, es camaradería, es meditación y descubrimiento, ocasionalmente es el miedo a dejarse la piel al lado del camino, y también el reto físico de superarse a uno mismo y de superar a los demás. Pero hay algo más, estoy convencido que cuando alcanzo ese punto culminante de máximo sufrimiento y de insoportable esfuerzo algo diferente y mágico ocurre. La magnífica belleza que me rodea, los bosques, las montañas y los cielos azules, incluso mis pensamientos e ideas se desvanecen y pierden forma, se arremolinan y son engullidos por un vértice voraz que desemboca en un diminuto punto focal de extraña calma, en un pequeño oasis que se mece precariamente en medio del caos. No es que quiera hacer puntos para ser mencionado mártir del año o algo así, pero dicen los entendidos que el dolor, como el fuego, purifica y creo que debe ser verdad. En el fondo, todos buscamos redención y tenemos nuestra propia manera de conseguirla. La mía es darle al pedal.
Paradójicamente, y no sin cierto humor macabro, la duración de tu tiempo de visita a este recinto oculto de tu conciencia es directamente proporcional a lo bien entrenado que estés. 0 sea, cuanto más entrenes, cuanto más sacrificio hayas puesto en tu progresión física y mental, cuanto más dolor hayas experimentado, más tiempo podrás estar allí, columpiándote en ese precioso y efímero momento que refleja con fidelidad digital la esencia impermanente de nuestra propia existencia.

Saludos!.

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One Comment

  1. actualiza esta cosa pos!
    😛
    Saludos!
    Roberto


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